sito in fase di manutenzione: alcuni contenuti potrebbero non essere aggiornati
 
 maggio 2020 
LunMarMerGioVenSabDom
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
25262728293031
CAMPAGNE
MISSIONI

CERCA:

Ministero degli Affari Esteri

Living together - Combining diversity and freedom in 21st-century Europe [Report of the Group of Eminent Persons of the Council of Europe] PDF DOWNLOAD >>

DOCUMENTARIO DEDICATO DA AL-JAZEERA ALLA LEADER RADICALE EMMA BONINO

Cookie Policy

GLOBALIZACION, DERECHOS HUMANOS Y DEMOCRACIA DESPUES DEL 11 DE SEPTIEMBRE - 23 DE FEBRERO DE 2002

Encuentro nacional de Centros de la Unión Europea en los Estados Unidos

"Globalización, derechos humanos y democracia después del 11 de septiembre"

Miami, viernes 23 de febrero de 2002


“Nada, en la escena internacional, volverá a ser como antes”. Así decíamos, tantos y no sin razón, al día siguiente del 11 de Septiembre. Y con todo, desde hace algunas semanas –coincidiendo con dos acontecimientos hipermediatizados, los dos foros paralelos de Nueva York y Porto Alegre- ha vuelto al centro de la atención general lo que había sido hasta el 10 de Septiembre el tema dominante en este inicio de milenio, el debate en torno a la globalización, y a sus efectos, positivos y negativos. ¿Todo como antes, entonces? Diría yo que no y añadiría: un poco peor que antes. Intentaré explicarme. Soy de quienes entienden que es un error político, así como un despilfarro de energía e inteligencia, intentar luchar “contra” la globalización, es decir, contra una tendencia humana a superar las barreras de todo tipo –geográficas, económico-comerciales, culturales- que es tan vieja como la historia. Siempre ha habido vientos de “mundialización”, más o menos impetuosos, y como todos los vientos pueden ser peligrosos, es menester conocerlos y orientarlos para sacarles provecho. Soy de quienes entienden que el mundo tiene hoy necesidad de “más globalización”, pero de una globalización que –para que no se convierta en una selección darwiniana en perjuicio de los más débiles- sea diferente respecto a la que conocemos: mejor regulada y más equilibrada, que si cuando se refiere a las mercancías promueve un auténtico libre cambio global (sin más proteccionismos “imperiales”), también sepa mirar más allá de las mercancías a las personas y poner en primer plano sus derechos fundamentales, civiles y políticos. ¿Cómo se corrige el rumbo de la mundialización? Ya hubiésemos dado un paso adelante si consiguiésemos denunciar algunas hipocresías recurrentes que propalan los protagonistas del debate que está en curso. 1.- Empiezo por el movimiento anti-globalización no porque sea la más importante de las fuerzas que hay en el campo, sino porque debemos a esta galaxia mutante de grupos y organizaciones que en los últimos años el tema del que hablamos se haya impuesto –hasta el momento confusa o demagógicamente, frecuentemente con violencia gratuita y obtusa- a la atención de los líderes políticos, de los ministerios de Exteriores, de los medios de comunicación. En lo que me atañe, por convencida que esté de que la política debería ocuparse más y mejor de la globalización, por mucho que lleve a mis espaldas seis lustros de militancia política noviolenta y una lista bastante larga de acciones y manifestaciones, a pesar de haber salido muchas veces a la calle y de haber terminado alguna en el calabozo, a pesar de tener muchas cosas que decir acerca de la mundialización, nunca he participado en una manifestación antiglobal. Y no por esnobismo ni por prudencia. Simplemente porque no me siento inclinada a desfilar al lado de ninguno de los componentes de ese conjunto en jira por las cuatro esquinas del mundo: no me veo desfilando al lado de José Bové, que confunde el rótulo del McDonald con la Bastilla, que pretende defender los derechos de los campesinos desheredados del Tercer Mundo, aunque de hecho es el embajador del proteccionismo agrícola francés, que es sólo el más visible de los proteccionismos europeos. No me veo desfilando al lado de los “católicos revolucionarios” que se levantan contra el escándalo de la pobreza ampliamente extendida y levantan el dedo contra las multinacionales, pero luego siguen pensando que para los africanos (y para todos nosotros) el preservativo es un peligro más grave y más inmediato que la pandemia del SIDA. No me veo desfilando con los “integristas del ambientalismo” que dicen que quieren salvar el mundo de la autodestrucción pero luego quisieran impedir a la ciencia nutrir a los hambrientos experimentando con organismos genéticamente modificados y curar a los enfermos experimentando con la clonación con fines terapéuticos de células madre. Hasta que los enemigos de la globalización no hayan superado estas y otras contradicciones, será difícil –por lo menos para mí- sentir cualquier afinidad con ellos. Y no dejo de citar tampoco a las franjas antiglobales que practican la violencia, con el riesgo de hacer detonar el cortocircuito entre los males del mundo y la plaga del terrorismo. 2.- Y volvamos al Norte del mundo, a los países del G8, para entendernos, o al club más amplio de los países industrializados que es la OCDE. Pues bien, mientras no hay un solo dirigente político de estos países que no se sienta obligado –cuando se le presenta la ocasión- de impartir lecciones de librecambismo a los países del Sur, con el fin de que “ayuden al Norte a ayudarles”, es sin embargo dificilísimo encontrar en América, en Europa o en Australia un solo dirigente político dispuesto a comprometer su propia popularidad (si no directamente su propia carrera) proponiendo al gobierno de su país el desmantelamiento, en plazos razonables, de las barreras proteccionistas que impiden ahora a las economías de los países en desarrollo “ayudarse solas”. Y mientras tanto, la Unión Europea continúa subvencionando todo bovino criado dentro de sus fronteras con ese “dólar diario” con el que sobreviven –cuando lo consiguen- miles de millones de seres humanos. Y unos y otros, americanos y europeos, subvencionan sus agriculturas con más de 300 mil millones de dólares. Las cosas no están mejor en materia de migraciones. ¿Qué gobierno del Norte no suscribe el principio de la “libre migración de las personas (y de las ideas)”? Pero ante la prueba de los hechos muchas certezas vacilan. Hoy, hasta en los países de la Unión Europea cuyo desarrollo económico exige flujos de inmigración continuos –como un motor que tiene necesidad de carburante para seguir en marcha- raros son los políticos dispuestos a anunciar en voz alta la ineluctabilidad de este fenómeno, empeñándose en conciliar esta necesidad con las reservas (cuando no el rechazo) que nuestras sociedades experimentan frente a la inmigración. Mientras hay muchos políticos que –a pesar de maldecir contra la globalización- obtienen fáciles consensos en el frente opuesto: planteando hacer más difícil e incierto el futuro multiétnico y multicultural de los países de Europa, cultivando los miedos, los traumas y los egoísmos que la inmigración produce. 3.- Hay, para acabar, una hipocresía bastante difundida en la que militan dirigentes del Norte y del Sur, la hipocresía que voy a llamar economicista, la que finge creer que el desarrollo económico produce de por sí un círculo virtuoso del que se desprenderán las libertades y la democracia. Si las cosas son así (cuántas veces lo hemos oído) ¿qué razón hay de complicar las relaciones internacionales con el pretexto de basarlas en el respeto de los valores y principios contenidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos? Pero las cosas son de otra manera. Y creo, como el Nobel de Economía indio, Amartya Sen, que el ejercicio de las libertades individuales fundamentales –lejos de ser un accesorio, un oropel- es, al contrario, un componente esencial, imprescindible, del desarrollo. Creo que ningún “milagro económico” puede sostenerse a la larga si la sociedad que lo protagoniza no dispone de instituciones democráticas que garanticen el Estado de Derecho, la libertad y la dignidad de los individuos. Pero es difícil encontrar gobiernos, tanto al Norte como al Sur, dispuestos a embarcarse en esta ruta. Más conveniente resulta a unos y otros hacer llamamientos al realismo, a la tradición de la Realpolitik, al no “pretender demasiado”, lo que permite a los gobiernos de los países ricos no poner en discusión alguna sus opciones económicas y sobre todo el proteccionismo, y a muchos regímenes del Sur no someter a la prueba de la democracia su misma legitimidad. ¿Recordáis Génova? De una parte, los países no industrializados pedían a grandes voces, legítimamente, tomar parte en el proceso decisional del G8, pero al mismo tiempo rechazaban la invitación –en nombre de la intangibilidad de la soberanía nacional- de cualquier petición de poner en la agenda el tema de la democracia y los derechos civiles. Ahora bien, ¿porqué he dicho al principio que todo lo que ha pasado tras el 11 de Septiembre hace más difícil este debate sobre la “globalización equitativa”? Porque a mi juicio el enfoque que los Estados Unidos han dado hasta ahora a la guerra global contra el terrorismo –privilegiando la respuesta militar y seguritaria respecto a cualquier respuesta política, construyendo una alianza intercontinental sobre el peligroso principio de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”- nos hace correr el riesgo de llevarnos atrás, a los días más sombríos de la Realpolitik triunfante. Si antes del 11 de Septiembre se podía aún esperar “poner un poco más de ética” en las relaciones internacionales, me temo que ahora haya que aplicarse para que no pase de nuevo que Occidente críe, entre sus aliados de hoy, los nuevos “monstruos del mañana”. Así como a los dictadores de ayer les bastaba con declararse anticomunistas ara legitimarse, temo que hoy baste, incluso a los regímenes más detestables, declararse contra el terrorismo para ser absueltos de todo pecado. ¿Estamos seguros de que para neutralizar el terrorismo de hoy y de mañana sea de veras necesario crear nuevos Saddam Hussein, nuevos Pinochets, nuevos Mobutus? El terrorismo prefigura el totalitarismo Por lo que a mí respecta, llegué mucho antes del 11 de Septiembre a la convicción de que el terrorismo es hijo en primer lugar –antes incluso que de la pobreza, de la opresión y de la desesperación de tantos seres humanos- del fanatismo de los pocos que emprenden la vía de la violencia y del atropello, los instrumentos privilegiados de todo totalitarismo. Alguien ha observado agudamente a este respecto que los delitos políticos más graves del siglo pasado no fueron obra de los oprimidos contra sus opresores, sino más bien obra de hombres cegados por el fanatismo a expensas de hombres iluminados por la razón y acusados por ello de “traición”. El Mahatma Gandhi fue asesinado por un fanático hindú, un comando de los “Hermanos Musulmanes” puso fin a los días del musulmán Sadat, un joven extremista israelí mató al hebreo Yitzak Rabin. Y es inútil subrayar qué precio la humanidad ha pagado, y aún sigue pagando por culpa de esos fanáticos que -para detener o derrotar a la historia- pretenden obrar en nombre de Dios, así que se hacen Dios ellos mismos. Sin acordarse de que emplear la religión para fomentar la violencia contradice la aspiración más auténtica de todas las religiones conocidas. La religión de los derechos humanos Espero no herir la sensibilidad de nadie si digo que mi cultura liberal –que respeta las “revelaciones” de origen divino, pero no se reconoce en ninguna de ellas –atribuye valor y nobleza de “revelación laica” a la “Declaración Universal de los Derechos Humanos”, texto redactado por hombres hace poco más de medio siglo, suscrito por todos los Estados con presencia en la ONU, que enuncia criterios y reglas universales a respetar para garantizar la dignidad plena de toda persona humana. No soy la única que entiende que en esa “declaración” se contiene un modelo de humanidad respetuosa consigo misma que merece ser defendido en el mundo entero pero que corre el riesgo de medrar sólo donde existan el Estado de Derecho e instituciones inspiradas en los ideales de la democracia. Quien está convencido de ello está convencido de que en este medio siglo se ha venido configurando una nueva dimensión, a escala mundial, que recalca los dos desafíos mortales del siglo pasado: entre los que aspiraban a la democracia y buscaban construirla y los que perseguían los proyectos totalitarios vehiculados por el nazifascismo y por el comunismo. Dos guerras mundiales –una “caliente” y otra “fría”-han sido reñidas y ganadas por las democracias para conjurar la victoria de ambos, parejos totalitarismos, que, como alguien ha dicho “no merecían la paz”. Pues bien, tampoco el terrorismo “merece la paz” cuando revela su ambición de desafiar a la democracia y golpearla en el corazón. Yo no sé si la intervención militar deseada por las democracias en Afganistán es un hecho histórico virtualmente acabado o sólo el comienzo de una “guerra campal” de tipo inédito. Creo, sin embargo que una nueva guerra fría rastrera –en la que la puesta en juego es la prevalencia o no de los valores de la democracia en el mundo contemporáneo- ya se estaba produciendo desde antes del 11 de Septiembre. Y que nadie, o poquísimos, habían tenido el coraje de admitirlo. Separar la política de la religión Es un tema al que soy particularmente sensible, puesto que ha sido el hilo conductor de mi ya treintañera experiencia política, que vuelve con enorme actualidad precisamente en esta fase histórica en que es necesario defender la universalidad de los derechos humanos. Hablo de la secularización de la política, de la necesidad absoluta, desde mi punto de vista, de separar la fe religiosa –todas las fes religiosas- del ejercicio cotidiano de la política. La historia debería ya habérnoslo enseñado. Quien para legitimar sus propias ambiciones de poder, o el poder ya conquistado, pone la religión al servicio de la política –de los artificios de la Inquisición católica al régimen de los talibanes- provoca inevitablemente desastres. Desastres que hallan su emblema, según el premio Nobel portugués de Literatura José Saramago, en el más aberrante de los sacrilegios: matar en nombre de Dios. A aberraciones semejantes se puede llegar cuando el grupo político que se identifica con una fe religiosa emplea la religión para legitimarse y hacerse estado. Lo que es una contradicción in terminis. Puesto que la adhesión a una fe, que es un derecho inalienable de cada persona, procede de una base individual y se refiere a la esfera individual, una “religión de estado” tiende inevitablemente a someter indistintamente a sus normas (convertidas en leyes del estado) a quien cree, a quien no cree y a quien profesa una fe diferente de la oficial. La religión de Estado, en suma, es la antecámara de la injusticia, de la discriminación, de la intolerancia. Es el embrión de un posible totalitarismo. Sólo un Estado secular puede abordar grandes cambios. Me parece a mí que la laicidad del Estado es asimismo la premisa necesaria para hacer gobernables las grandes mutaciones a las que asiste periódicamente la humanidad. Vengo de Europa, continente cuya larga historia está fuertemente marcada por el cristianismo, pero que en el curso de unos pocos decenios se encuentra con más de 30 millones de ciudadanos musulmanes y se prepara –algunos dirían que se resigna- a un futuro de tipo “americano”, multiétnico, multicultural, multireligioso. Pues bien, no hubiese sido posible iniciar esta gran mutación (que no se produce de forma indolora), ni mucho menos encarrilarla y consolidarla hoy, si los Estados europeos no fuesen estados laicos, cuya vocación es la de responder a todas las exigencias expresadas por la sociedad y no la de imponer camisas de fuerza. Otra gran mutación contemporánea es la emancipación de la mujer. Un combate que aún no ha acabado, al menos en Europa, en el curso del cual el ‘establishment’ religioso (especialmente el católico) ha opuesto una resistencia encarnizada al cambio, aliándose muchas veces con partidos políticos de vocación confesional. Pienso en las luchas memorables que se dieron en mi país, Italia, para legalizar el divorcio y la interrupción voluntaria del embarazo, combates librados por la dignidad de la mujer, sí, pero también para resolver problemas sociales auténticos, gravísimos. Ocasiones históricas para demostrar que hay problemas en los que la convicción y la norma religiosa permiten dar una respuesta en el plano individual (ya que quien cree se abstiene de pecar, y por tanto del divorcio y del aborto), pero en que sólo las leyes de un estado laico pueden aportar una respuesta practicable por todos. Creyentes o no. La verdad es que sólo un estado que considere iguales a sus ciudadanos, cualquiera que sea su fe, puede evitar la ecuación, grata a los estados confesionales, según la cual “quien comete un pecado comete un delito”. Y creo que las leyes emanadas de un estado moderno no deben, en efecto”dirigir las conciencias” y entrar en la esfera personal del individuo como sucede con los preceptos religiosos. Las leyes hechas por los hombres tienen por objeto fijar los derechos y deberes de cada ciudadano y de garantizar el ejercicio de sus derechos fundamentales, empezando por las libertades de conciencia y de fe religiosa. Se quiere una Organización Mundial de la Democracia Es a partir de este enfoque de las cosas como la fuerza política a la que pertenezco, el Partido Radical Transnacional creado en los años ochenta para globalizar el derecho en cuanto tal así como los derechos de cada ser humano, estudia seriamente la hipótesis de que la comunidad internacional se dé un nuevo organismo que refuerce los valores universales de la democracia, promueva su difusión y sancione a quienes combaten u obstaculizan dichos valores. Nos gusta llamar a este nuevo instrumento de legalidad internacional Organización Mundial de la Democracia, porque lo imaginamos calcado del modelo –que entendemos que funciona- de la Organización Mundial del Comercio. Si de hecho la OMC se creó para consagrar la libertad de intercambios y un derecho mercantil universal, para definir y defender las reglas del libre cambio y sancionar a quien las viola, ¿porqué no deberíamos tener una OMD que consagre el valor universal de la democracia, defina sus principios y criterios mínimos de aplicación y –sobre todo- sancione a los Estados que no respeten dichas normas? He descubierto hace poco, con retraso culpable, que esta idea nuestra no es del todo original, que no podemos, en fin, reivindicar su copyright. Pues mejor. Me refiero a la iniciativa, por desgracia muy poco publicitada, conocida como “Community of Democracies”, que cuenta con 7 países de 4 continentes (Chile, Corea del Sur, India, Mali, Polonia, República Checa y los Estados Unidos de América), que convocaron en Varsovia en Junio del 2000 una conferencia intergubernamental para “discutir la promoción de la democracia en el mundo”. A la conferencia de Varsovia (donde se produjo la ampliación del grupo inicial de países con Portugal, Sudáfrica y México), participaron representantes de 107 gobiernos, muchos de los cuales difícilmente pueden considerarse democráticos. Resultado. Se aprobó una declaración final que reconoce “la estrecha interconexión entre paz, desarrollo, derechos humanos y democracia”, y exhorta a los gobiernos signatarios al respeto de algunos principios democráticos irrenunciables, como la celebración de elecciones libres y la garantía de los derechos civiles y personales para todos los ciudadanos. Lo que está muy bien. Sin embargo, se vieron frustradas las esperanzas de quienes soñaban que la neonata Community of Democracies iniciase un “proceso constituyente”que transformase este grupo informal de Estados en el primer núcleo de una nueva organización internacional dotada de funciones, reglas y órganos refrendados en un tratado internacional. La “Declaración de Varsovia”, contiene al contrario un pasaje que exhorta a los gobiernos signatarios a cooperar para la consolidación de la democracia “en el pleno respeto del principio de soberanía de los Estados y de la no-interferencia en los asuntos internos de cada Estado”: se refuerza, pues, así, el parapeto jurídico que según admiten muchos, incluso el propio Secretario General de las Naciones Unidas Kofi Annan, hace del todo impotente a la comunidad internacional frente a gobiernos nacionales de dudosa legitimidad, responsables de grandes y pequeños desafueros. La batalla se librará nuevamente con ocasión de la Segunda Conferencia de la Community of Democracies, convocada en Seúl para el próximo Octubre y que deja algún espacio al optimismo. Con miras a esa cita ya se ha constituido una amplia coalición de organizaciones no gubernamentales y personalidades de prestigio con un denominador común, la defensa de los derechos humanos y de la democracia, y un objetivo declarado: hacer que de la experiencia de la Community of Democracies se pase a la apertura de un taller político-diplomático donde proyectar un nuevo “pilar institucional”que, como el Tribunal Penal Internacional en vías de constitución, ofrezca a las Naciones Unidas otro instrumento operativo para extender y consolidar la legalidad internacional.




Comunicati su:
[ ONU e OMD ] [ Diritti Umani, Civili  & Politici ]

Rassegna Stampa su:
[ ONU e OMD ] [ Diritti Umani, Civili  & Politici ]

Interventi su:
[ ONU e OMD ] [ Diritti Umani, Civili  & Politici ]


- WebSite Info