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MUJER, DESARROLLO, DEMOCRACIA Y LIBERTAD - SEVILLA, 23 DE NOVEMBRE 2001

Mujer, Desarrollo, Democracia y Libertad Sevilla - 23 novembre 2001 He aceptado con entusiasmo coordinar este "Encuentro" nuestro pero no he preparado lo que suele llamarse una ponencia introductoria. Estoy aqu√≠ para escuchar, para dialogar y discutir con vosotras que hab√©is aceptado venir con ese fin. Gracias a todas, pero permitidme que manifieste un agradecimiento especial a la Reina Sof√≠a por haber aceptado la Presidencia de Honor de esta reuni√≥n. Los temas principales que aqu√≠ hemos de afrontar, que constan en nuestro documento introductorio, ya se han evocado en las intervenciones que acabamos de escuchar y que he apreciado mucho. Por lo que a m√≠ respecta, ma√Īana, al finalizar estas jornadas, intentar√© sacar conclusiones de nuestro trabajo. No obstante, hay un tema que me interesa muy especialmente por ser un poco el hilo conductor de mi experiencia humana y pol√≠tica y me gustar√≠a que durante la jornada de hoy y de ma√Īana todas nosotras ?cada cual en funci√≥n de su propia sensibilidad- reflexion√°ramos sobre √©l. Es el tema, muy actual, de la secularizaci√≥n de la pol√≠tica, de la necesidad absoluta, desde mi punto de vista, de separar la religi√≥n -todas las religiones- del ejercicio diario de la pol√≠tica, de las batallas que configuran la pol√≠tica para la conquista del poder y el gobierno de las sociedades contempor√°neas. La historia nos dice que todos los que han puesto la religi√≥n al servicio de la pol√≠tica (o la pol√≠tica al servicio de la religi√≥n)?desde los art√≠fices de la Inquisici√≥n cat√≥lica hasta los talibanes- para legitimar su propio poder y sus propias ambiciones han provocado desastres. Desastres cuyo emblema, seg√ļn el premio N√≥bel portugu√©s de literatura, Jos√© Saramago, es el m√°s aberrante de todos los sacrilegios: matar en nombre de Dios. Los problemas empiezan cuando una parte pol√≠tica, para fines no siempre nobles, a menudo para obtener f√°cilmente consenso y legitimidad, se confunde con la religi√≥n para hacerse Estado. Lo cual es una contradicci√≥n en los t√©rminos, porque mientras la pertenencia a una fe religiosa ?que es un derecho inalienable de la persona- se produce a t√≠tulo individual y afecta a la esfera individual, la ?religi√≥n de Estado? tiende fatalmente a enmarcar en sus normas y a someter a ellas a quien cree y a quien no cree, a quien profesa una fe distinta de la oficial y a quien no profesa ninguna. La religi√≥n de Estado es la antec√°mara de la injusticia, de la discriminaci√≥n y de la intolerancia. Como dice el nigeriano Wole Soiynka, otro N√≥bel de literatura que procede de un pa√≠s desgarrado por sangrientos conflictos pol√≠tico-religiosos, en el mundo contempor√°neo "La √ļnica realidad universal que se pueda comprender tanto subjetiva como objetivamente es la humanidad ". Y yo a√Īadir√≠a que, puesto que no hay religi√≥n que no se reconozca en los valores universales del humanismo, no se ve otro futuro posible para el mundo que no sean la paridad y la coexistencia entre todas las creencias, garantizadas por Estados laicos y humanistas. Una prueba de lo que digo la encuentro en una de las vertientes m√°s delicadas del partenariado intermediterr√°neo, la de la inmigraci√≥n. Hoy hay en Europa m√°s de 30 millones de musulmanes, que tienen muchos problemas ?sin duda-, pero no el de la libertad de culto y, m√°s en general, de cultura. Esto, que representa el pre√°mbulo para una Europa multi√©tnica en v√≠as de consolidaci√≥n, no habr√≠a sido posible si los Estados europeos no hubiesen sido todos laicos, condici√≥n que implica responder a todas las necesidades expresadas por el cuerpo social y no la imposici√≥n de alg√ļn tipo de camisas de fuerza. ¬ŅY las mujeres? Me preguntar√©is: ¬Ņde qu√© forma nos afecta la cuesti√≥n de la separaci√≥n entre pol√≠tica y religi√≥n especialmente a nosotras, las mujeres? Pues bien, yo creo, con total franqueza, que en la historia y en la pr√°ctica de las tres religiones que se profesan en el Mediterr√°neo ?interpretadas y dirigidas s√≥lo por hombres- hay una buena dosis de misoginia. Est√° m√°s que constatado que esta misoginia, esta necesidad que tiene el hombre de dominar a las mujeres, m√°s que a un adversario halla en el poder religioso a un aliado. En Europa la lucha de las mujeres por la emancipaci√≥n y la igualdad ?que a√ļn no ha terminado- ha hallado siempre en el establishment religioso (sobre todo en el cat√≥lico) una resistencia feroz, a√ļn m√°s dif√≠cil de superar cuando dicho establishment ha logrado influir en el poder pol√≠tico con la ayuda de partidos m√°s o menos abiertamente confesionales. Pienso en las luchas memorables que se han librado en mi pa√≠s para legalizar el divorcio y la interrupci√≥n voluntaria del embarazo, dos luchas llevadas a cabo ?adem√°s de en nombre de la dignidad de la mujer- para dar soluci√≥n a problemas sociales muy graves. Problemas a los que la fe religiosa permite dar una respuesta en el plano individual (de hecho, quien cree se abstiene de divorciarse y abortar porque se abstiene de pecar) pero a los que una ley del Estado tiene que dar una respuesta aplicable para todos, ya sean o no creyentes. Los que me conocen saben que no digo estas cosas ?bajo el efecto del 11 de septiembre? ni para dar lecciones a nadie. He entablado una peque√Īa guerra privada contra los talibanes en los mismos a√Īos en que denunciaba la incapacidad de la Iglesia cat√≥lica para aceptar las ventajas que la investigaci√≥n cient√≠fica pone a disposici√≥n de las personas que sufren. Y me ha indignado la espl√©ndida pel√≠cula del israelita Amos Gitai sobre el destino de las mujeres jud√≠as ortodoxas. Un Estado que considere iguales a sus ciudadanos, sea cual fuere su fe, si es que tienen alguna, no puede admitir la ecuaci√≥n seg√ļn la cual "pecar equivale a delinquir", ecuaci√≥n en la que se basan los Estados confesionales, aquellos en los que la pol√≠tica y la religi√≥n se ?adoptan? una a otra. Lo que yo creo es que las leyes promulgadas por un Estado moderno, necesariamente laico por las razones que he expuesto, no han de ?gobernar las conciencias?, tal como hacen los preceptos religiosos: la misi√≥n de las leyes del Estado es garantizar a cada ciudadano el ejercicio de sus derechos fundamentales, empezando por la libertad de conciencia y de fe religiosa. Las leyes del Estado establecen y garantizan los derechos y los deberes del ciudadano pero no intervienen en su esfera personal, que est√° gobernada por la conciencia individual. Por eso estoy de acuerdo con el marroqu√≠ Tahar Ben Jelloun cuando escribe: "La cosa m√°s urgente es separar la religi√≥n de la pol√≠tica. Mientras los que gobiernan contin√ļen apoy√°ndose en la religi√≥n, seguiremos teniendo problemas y patolog√≠as como el fanatismo y lo que de ello se deriva, terrorismo e ignorancia". En este mundo, en el que las fronteras tienen cada vez menos importancia, el Mar Mediterr√°neo que compartimos se nos muestra ya como un ?peque√Īo espacio? geopol√≠tico, una especie de comunidad ? de vecinos ? destinada a convivir en funci√≥n de principios, valores y reglas compartidos por todos los que forman parte de ella. Si lo que he dicho, poni√©ndole voz a mi conciencia y a las cosas en las que creo, ha podido herir la sensibilidad de alguien, lo siento much√≠simo. Pero es justamente con quien no comparte mis ideas con quien me gustar√≠a, m√°s que con nadie, razonar durante este encuentro.




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